Lina María Ramos Aranda, Directora Regional Sur, Especialista en Medicina Forense y Magister en Prevención de Violencia de Género.
La violencia de género es un problema fundamentalmente masculino que sufren las mujeres y, aun siendo los varones los principales responsables del mismo, se necesita el apoyo de toda la sociedad para erradicarlo. (Leal & Arconada, 2012).
En el amplio espectro de las violencias contra las mujeres, son los feminicidios, las violencias físicas, y las sexuales, las que con mayor frecuencia son visibilizadas y destacadas en la sociedad a través de los medios de comunicación, creando un efecto de distanciamiento con la realidad social (Carmona, 2012), ya que se dejan de destacar otras formas de violencias más frecuentes como la psicológica o la económica, que siguen pasando desapercibidas, incluso algunas prácticas machistas están tan normalizadas e interiorizadas, que se ejecutan de manera impune, contribuyendo a su perpetuación. Es claro que no todos los hombres emplean la violencia hacia las mujeres, pero si se suele tener muy a menudo en la identidad de lo masculino lo que Luis Bonino (1995) denomino “Micromachismos”, estas prácticas que se desarrollan en la cotidianidad y que fueron definidas como:
Microabusos y microviolencias que procuran que el varón mantenga su propia posición de género creando una red que sutilmente atrapa a la mujer, atentando contra su autonomía personal si ella no las descubre (a veces pueden pasar años sin que lo haga), y sabe contramaniobrar eficazmente. Están en la base y son el caldo de cultivo de las demás formas de la violencia de género (maltrato psicológico, emocional, físico, sexual y económico), son las "armas" masculinas más utilizadas con las que se intenta imponer sin consensuar el propio punto de vista o razón. Comienzan a utilizarse desde el principio de la relación y van moldeando lentamente la posible libertad femenina. Su objetivo es anular a la mujer como sujeto, forzándola a una mayor disponibilidad e imponiéndole una identidad "al servicio del varón", con modos que se alejan mucho de la violencia tradicional, pero que tienen a la larga sus mismos objetivos y efectos: perpetuar la distribución injusta para las mujeres de los derechos y oportunidades.
A pesar de que los micromachismos aparentan tener poca trascendencia, la acumulación en el tiempo de los efectos reiterativos e insistentes de estos comportamientos de poder sobre la mujer, llegan a tener un efecto negativo en su salud, presentándose síntomas psicofísicos, que han sido atribuidos a características femeninas, como las migrañas, el dolor pélvico crónico, fibromialgias, entre otros.
Bonino clasifico los micromachismos en tres categorías, cada una de estas se presentan de diferentes formas y los hombres recurren a más de un mecanismo para lograr el control y doblegar la voluntad e independencia de la mujer, esta práctica se realiza desde lo cotidiano y está básicamente dirigida a perpetuar su supuesta supremacía.
Micromachismo coercitivo:
En este tipo de microviolencias, el hombre se vale del estereotipo que se ha ganado a lo largo de la historia y muestra su fuerza moral, psíquica, económica y su personalidad para doblegar a la mujer intimidándola; limitando las decisiones que involucran dinero o situaciones importantes y de relevancia en el hogar, reduciendo su participación a lo trivial o rutinario, descargándole además el trabajo que se genera en el hogar, sin importar si la mujer tiene un trabajo externo, generando lo que se ha denominado doble jornada laboral; imponiendo sus puntos de vista, deseos y decisiones, apelando a maniobras como la insistencia inagotable que termina agotando a la mujer o apelar a la “lógica varonil”.
Micromachismos encubiertos:
Se caracterizan por ser sutiles y pasar desapercibidos, de ahí su eficacia en la persuasión a la mujer, llevándola a hacer lo que el varón desea, igual que en el micromachismo coercitivo, se vale de los roles tradicionales de género para sobrecargar a la mujer y abusar de los beneficios del cuidado de ella, llevándola a que sus propias necesidades pasen a un segundo plano y se prioricen las de otros (esposo, hijos, suegros, otros miembros de la familia), también se valen de otras estrategias para monopolizar las decisiones sobre cuándo y cómo tener relaciones sexuales.
Micromachismos de crisis:
Estos micromachismos se hacen presentes cuando, por algún motivo o situación, el hombre empieza a perder control o supremacía sobre la mujer. Estas maniobras le ayudan a reestablecer el statu quo. Ejemplo de estas acciones son: el hipercontrol, seudoapoyo, resistencia pasiva y distanciamiento, rehuir la crítica y la negociación, promesas y hacer méritos, victimismo, darse tiempo, dar lástima.
Estas prácticas micromachistas estarían inmersas en las violencias estructurales y culturales de las que habla Galtung, con la necesaria desestructuración o la desarticulación de su estado actual y rearticulándolo en una nueva realidad.
DISCUSIÓN
¿Es posible que estos micromachismos afecten la atención de las víctimas de violencias de género?
¿Qué micromachismos identifican en sus trabajos y en sus hogares?
¿Cómo podemos desestructurar estos micromachismos en nuestras vidas?
BIBLIOGRAFÍA
Bonino, L. (1995). Los micromachismos en la vida conyugal. En J. Corsi (1995): Violencia masculina en la pareja (pp. 1-18). Buenos Aires: Paidós.
Carmona, M. (2012) Comunicación y Justicia en Violencia de Género. Valencia: tirant.
Leal, D. & Arconada, M., (2012). Convivir en igualdad prevención de la violencia masculina hacia las mujeres en todas las etapas educativas, universidad nacional de educación a distancia, Madrid 2012, ISBN electrónico 978-84-362-6221-6.