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Un homenaje a la memoria de los miles de desaparecidos en Colombia

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patricia

En un verdadero homenaje a la memoria de los miles de colombianos desaparecidos y NN´s cuyos restos reposan en tumbas anónimas, se convierte la obra escrita por la periodista Patricia Nieto, titulada “Los Escogidos"'

Esta obra contiene excelentes crónicas sobre la realidad que en torno al fenómeno de la violencia  vive  nuestro país. En ellas se refleja la ardua labor que realizan los médicos forenses para dar identidad a miles de cuerpos sin vida que viajan por el río Magdalena y que a la altura de Puerto Berrio, Antioquia, son rescatados para ser intervenidos e indagar, sobre sus restos descompuestos,  las causas  de su muerte, tal como lo hizo centenares de veces Jorge  Pareja, forense al servicio de Medicina Legal.

Por su importancia literaria, histórica y excelente ejercicio para la memoria de quienes olvidan fácilmente la violencia que ha vivido nuestro país, especialmente en la última década, con la venia de su autora, transcribimos a continuación el capítulo correspondiente a “El Bautista”.

El Bautista

“Sobre la mesa de la morgue todos somos iguales”. Dice Jorge Pareja, forense que durante una década examinó a todos los muertos de Puerto Berrío. Pero los cuerpos desconocidos son, sin duda, los más silentes y sombríos. Nadie habla ni pregunta por ellos. Solo sus carnes desgarradas tendidas sobre el mesón pueden ayudar a saber si era hombre o mujer, joven o anciano, alto o bajo, grueso o delgado, negro o indígena. A calcular si lo dejaron sin vida ayer, seis días atrás o hace más de un mes. A descubrir si antes de matado le quemaron las palmas de los pies, lo sumergieron en agua, o lo fuetearon con cables cargados de energía. A revelar si lo asesinaron a disparos o a cuchilladas. A averiguar si después de muerto lo descuartizaron, le abrieron el vientre, le sacaron las vísceras, le amarraron a las costillas una bolsa cargada con piedras, y lo tiraron a las aguas del río Magdalena. A saber quién es ese al que bañan con el poderoso chorro de agua que bota una manguera.

Quién es: se pregunta el forense frente al muerto del agua. Jorge Pareja conoce como nadie los surcos de esa pregunta. Un camino debería llevar a conocer la identidad: nombres, apellidos, edad, lugar de nacimiento, ocupación; y otro, no menos azaroso, a saber cómo era ese cuerpo en vida y cómo se ha comportado en la muerte. “Es asombroso que un cadáver viaje doscientos kilómetros y llegue en condiciones de ser examinado”, dice Pareja y procede a describir la imagen que todavía lo perturba como médico, como forense, como hombre que todos los días se enfrenta a la muerte en carne y hueso.

 

Pasaba su tarde de domingo, libre de turnos en la morgue, pescando en el río Magdalena. Pescaba como cuando era niño en Puerto Berrío y sus tíos lo llevaban a la orilla, pescaba como cuando era estudiante de medicina y pasaba sus vacaciones con los mismos tíos, en las mismas orillas, en el mismo río de la infancia. Simplemente pescaba. Acodado en una piedra sostenía la caña y miraba el agua marrón que pasaba serena. De repente, desde el lecho se desprendió un zumbido que creció hasta convertirse en estruendo al romper la superficie y liberar un esperpento. Los más viejos guardaron silencio porque la escena les era cotidiana, pero Jorge no pudo quitar la mirada de la yubarta que se le acercaba empujada por el agua. Dos minutos después pasó frente a sus ojos, desaliñado, desencajado y descompuesto, un muerto del agua que no tardaría en ser depositado en su mesa de forense del hospital La Cruz o del cementerio local.

Pareja ve lo sublime en lo que a mí me espanta; sabe que hay vida en la muerte. “Abra ese cuerpo para que vea la belleza”, me dice simulando que soy una de sus estudiantes de anatomía. Y pasa a la cátedra. El cuerpo muerto arrojado al río se va a la profundidad donde el agua fría lo conserva por algunas horas. Y en esas horas las bacterias, que no han muerto, convierten el abdomen en un gran flotador repleto de gases. De allí la energía con la que ese cuerpo emerge con los brazos y las piernas abiertas. Y así, me dice el médico, llega a la morgue.

Muchas veces, entre 1998 y 2008, Jorge Pareja les habló a los muertos del agua antes de empezar las autopsias. Dice que lo hacía para romper el hielo, por respeto al cuerpo que es un hombre con historia, para sentirse autorizado a proseguir. Abrir el cráneo y ver. Abrir el tórax y ver. Desprender la piel y ver. Desgajar el músculo y ver. Limpiar las costillas y ver. Desarmar la columna y ver. Ver la huella del proyectil en el occipital izquierdo, el corte del cuchillo atravesando el riñón, el tallón de la sierra a la altura de la ingle, el proyectil alojado en una vértebra, el paso del machete por la tráquea, el corte de la navaja en el abdomen. Ver para saber cómo lo mataron. Ver para “reconocer el sufrimiento en el momento de la muerte”, dice Pareja.

Y proseguir. Buscar entre los pliegues, si todavía hay carnes, o entre los huesos para tratar de saber quién es el que irá al pabellón de los olvidados.

Antes del año 2004, proseguir era tomar huellas digitales si los animales del río no habían devorado las yemas junto con labios, orejas y puntas de nariz. O impregnar un trozo de tela de garza, la misma de los pañales, con algo de sangre y guardada en la nevera con la esperanza de que llegara viva a la prueba de ADN. O retirar un canino y guardarlo en la misma nevera a la espera de la misma prueba tardía. O cortar cinco centímetros de fémur y meted o en la misma nevera con diente y pañal.

Después de esa fecha, la de la expedición de la Ley de Justicia y Paz, el aparato judicial de Colombia impuso la cadena de custodia de la prueba. Dictó instrucciones para manipular los indicios materiales relacionados con un delito; y un cadáver es uno de ellos. En consecuencia a las morgues remotas llegaron protocolos fotocopiados y tarjetas FTA para tomar, purificar, archivar y conservar las muestras de ADN obtenidas de los muertos y de los vivos.

Fue entonces cuando el pabellón de los olvidados se convirtió en tablero de ajedrez para el doctor Pareja. Él, escrupuloso en su laboratorio de cuchillos oxidados, cubetas curtidas, seguetas desdentadas y claustrofóbico como una tumba, no podía saber porque los cuadrados blancos y grises de su tablero amanecían teñidos de amarillo, ocre, magenta, índigo, púrpura, cian, turquesa, zafiro, malva, coral, oro, esmeralda, lavanda, ámbar, naranja, salmón o violeta. Él, convencido de que la vida eterna está en la gen ética, no quería entender porqué los devotos echaban color sobre las series de números y letras que serían, a la postre, las claves para acceder a un cuerpo en busca de su identidad. Furioso, llamado a rendir cuentas por la Fiscalía que lo cuestionó por dejar que las tumbas de los ene enes parecieran la carpa de un circo, perdió el sueño durante semanas.

Encargó un plano del pabellón de los olvidados y marcó cada tumba, de esa maqueta de cartón, con los datos oficiales que la devoción popular ocultó. Cuando comprobó que el sepulturero y los fieles de los difuntos cambiaban los cuerpos de lugar, entró en cólera. Ordenó tumbar lápidas para encontrar los restos extraviados, los devolvió a su nicho, y logró que pabellón, maqueta y archivo coincidieran efectivamente. Luego se reconcilió con los vivos y entró como un jugador más de ese ajedrez anárquico. A cada tumba le dio un nombre que sirviera como clave secreta en caso de que una familia desesperada llegara al puerto en busca de uno de sus muertos. Es a Pareja a quien se le debe la bella letanía de nombres -Nelson Noel, Nevardo Nevado, Nancy Navarro, Narciso Nanclares, Narana Navarro- con la que protegió las identidades perdidas de los ene enes de Puerto Berrío.

¿Quiénes son ellos? me pregunta. Sé que se refiere a los muertos anónimos enterrados en su pueblo, a los que vio en su mesa de forense, a los que veló como un custodio, a los que quiso nombrar como si fuera el que bautiza. Cómo no puedo responderle, le pregunto de dónde llegaron los ene enes, quiénes los convirtieron en carnes sin ascendencia, por qué les quitaron la vida, el nombre, el apellido. Entonces indaga en mi mirada y casi dice que no va a responder. Se aleja, sin decir palabra, por los pasillos grises y lustrosos de la morgue de Medellín en busca del cadáver de un adolescente que debe ver.

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